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La carta milagrosa.

Creo que desde bien pequeño he sido creyente de que, como dice la canción de Soledad Pastorutti, “Hay un Dios que me endereza de un tirón la puntería”.

Más allá del tipo de Dios o del nombre que cada uno quiera darle, siempre he sentido que tengo un ángel en el cielo, una estrella que brilla para mí. O, como dicen los españoles – Pau, en este caso-: “tienes una flor en el culo”. O, como dirían los italianos: “che culo”.


Hacia mitad de 2023 atravesé una de esas crisis económicas clásicas de estudiante, mientras realizaba mi maestría en Lugano, Suiza. Es curioso, porque en redes sociales yo subía muchas fotos lindas de los paisajes suizos, como hacemos muchos de los que estudiamos allá. Pero pocas veces se habla de los desafíos reales que implica ese camino. Suiza es un país duro con el extranjero, sobre todo con quien no es comunitario europeo, y no es ningún secreto que es un país costoso. Muy costoso.


En ese momento tuve que inventarme varias estrategias para mantenerme. Seguía trabajando y haciendo arreglos para Colombia, pero ganar en pesos y gastar en francos suizos no era precisamente un buen negocio. Así que escribí cartas. Muchas cartas. Sin exagerar, unas 300, dirigidas a distintas fundaciones mientras estuve en Suiza. El problema era el rango de edad: hacer solicitudes de ayuda para estudios después de los 25 años vuelve todo mucho más complejo, no hace parte de la cuadratura cultural suiza.


Además de eso, hacía trabajos domésticos. Y un día, empujado por la necesidad, imprimí varias copias de una pequeña información donde decía que yo era Jesús David Caro, estudiante de música colombiano, que estaba buscando recursos para terminar mis estudios y que, a cambio, ofrecía trabajos domésticos o lo que se pudiera necesitar. Con esas hojas en la mano recorrí uno de los barrios más ricos de Lugano, casa por casa, dejando el mensaje en los buzones, con la esperanza de que alguien me llamara para un trabajo, aunque fuera pequeño, incluso de esos que solemos llamar “en negro”.


Se acercaba la fecha para pagar el permiso de estadía  (“il permesso di soggiorno”) y debía pagar 300 francos. Yo solo tenía 100. Me faltaban 200. No los tenía por ningún lado. Estaba muy desesperado. En Suiza, además, muchas cosas se resuelven con multas, así que no pagar a tiempo implicaba un problema doble: no tendría el permiso, pero tendría la multa. A eso se sumaban las preocupaciones académicas, la comida, los gastos diarios. Todo pesaba.


Un día llegó una carta para mí a la casa de las monjas, donde yo residía.

La abrí. La leí. Y decía exactamente esto:

 

Lugano, 09/06/23

Querido Jesús,

en calidad de miembro de una fundación, he tenido conocimiento de tu solicitud de ayuda.

Tu solicitud será examinada por el consejo de la fundación, pero normalmente este tipo de solicitudes no son tomadas en consideración.


He decidido, por lo tanto, enviarte con esta carta una ayuda personal para la continuación de tu carrera, deseándote mucho éxito.


Disculpa el anonimato de esta comunicación, pero mi función así lo requiere.

Con los mejores deseos.


La carta venía acompañada de 200 francos. Los 200 francos que me hacían falta. Llegó uno o dos días antes de que se venciera el plazo para pagar el permiso. No recuerdo bien si fue uno o dos, pero recuerdo perfectamente la sensación. Lo único que hice fue sumar esos 200 francos a los 100 que ya tenía y salir de inmediato a pagar.


Nunca supe quién fue. Como se puede notar en la carta, el anonimato era obligatorio. Me hubiera encantado estrecharle la mano, darle un abrazo. Porque solo quien se está ahogando sabe lo que significa que alguien aparezca justo cuando el agua ya está al cuello.


Hoy esa carta la guardo. La tengo visible, en un lugar donde puedo verla todos los días. No para recordar la carencia, sino para recordar que he superado momentos que sentía sin salida. Que muchas veces la solución llega a través de personas a las que no puedo ponerles rostro ni nombre. Personas que aparecen, ayudan y desaparecen. Ángeles.

No pierdo la esperanza de que algún día sepa quién fue. Mientras tanto, cada vez que la miro, recuerdo que sigo aquí. Y que, al parecer, sobre todo hoy, tengo una estrella que brilla para mí.



 
 
 

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